El vate de baseball, la cuchara y otras cosas que meterse por el culo

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El vate de baseball, la cuchara y otras cosas que meterse por el culo

Andaba lejos de la realidad cuando apareció la bella mujer. Estaba tan cerca del cielo. Sí, podía oler las nubes, saborear su textura. Pero caí en picado. La hostia de realidad me aplastó la cara contra el suelo. La bella mujer no tuvo piedad.

No voy a decir su nombre. Tampoco quiero entrar en el debate sobre la postmodernidad y el machismo, pero sí, ella mandaba. No de malas formas. Solamente con su sexualidad. Su forma de mirarme. Dominación simulada.

Un día, que precisamente no se parece en nada a éste, me susurró al oído.

– ¿Me quieres?

No sabía que contestar. Estábamos en la cama de mi dormitorio, me giré para no tener que mirar sus pechos mirarla y respondí.

– No.

Las nubes, esponjosas, sabía que eran gotas de agua suspendidas en el aire, pero sentía que sin la bella mujer, podría tocarlas. Verdad incongruente.

– No puedo más. – Creo recordar decirle días atrás, después del último chupito.

El antro, por llamarlo de alguna manera, no era precisamente el más agradable de la ciudad. A pesar de la ley de antitabaco, todos fumaban sin control. Yo junto a ellos. Ya no teníamos edad para estar hasta esas “horas”, en esos “lugares”, con esa “gente”, “ciegos”, a base de grupos de hidroxilos.

– Te aseguro que está vez sí que es el último. Después nos encerramos en tu dormitorio.

Me dejé engañar. No podía contra ella. Sus ojos eclipsaban mi razonamiento.

El azul del cielo procuraba ordenar mi entropía mental. Me llamaba para que volviera. No había conseguido establecer contacto. Pero ansiaba sentirlo. Sería refrescante. No como ese rojo y pasional nódulo redondeado perfecto que lo hundía y asfixiaba entre lo psicoactivo y lo psicotrópico.

– ¿De verdad no me quieres?

Sabía perfectamente que era suyo. ¿Tan necesario era para ella que le contestara afirmativamente a esa detestable pregunta?

– No.

Un mes encerrado en un dormitorio dos personas, un vate de baseball, una cuchara y otras cosas dan mucho de que hablar. Tampoco es el caso. Solo decir que olía a vinagre. La mezcla de fluidos había fermentado; más bien había mutado.

Dejamos una pequeña rendija para que entrara un poco de luz. Ella sólo quería drogarse por la noche. Decía que por el día le sentaba mal. Curioso.

– Se que me quieres. – Me dijo mientras sonreía.

Maldita amalgama de agua, músculos y fibras óseas que controla mis sentidos.

– No te quiero.

Cuando mi sistema nervioso central decidía desconectar volvía a intentar tocar aquel azul cielo. La nubes. No llegaba. Sabía que nunca las podría tocar ni escapar de la bella mujer. Ni salir de aquel dormitorio. Por lo menos otro día más. Aun quedaban 12 gramos de… No, 9 gramos de… No se, cualquier mierda.

– ¿Me quieres?

La realidad volvió a golpear. Esa vez mi parte racional cayó en redondo. El azul del cielo se tornó purpura. La lluvia era purpura. Prince estaba muerto. Tal vez sería por eso. Pero lo cierto es que la realidad era peor que su trasunto. Me tembló todo el cuerpo. No tenía muy claro si era por las drogas. ¿Era de día? O ¿Era la luz de la farola lo que entraba por la rendija? Si pudiera abrir la ventana un poco más. No estaba drogado. Creo. Necesitaba salir. Pero para hacerlo tenía que mirarla.

– Sí. – Le dije mirándola.

Conseguí salir. La lluvia me empujó al suelo. Quedé tirado. Ya era suyo.