Una mañana cualquiera

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Una mañana cualquiera

El rocío, fresco y cristalino, se acumulaba hasta formar una gran gota deslizante entre las verdes hojas del joven limonero horas previas a la salida de la temprana primavera, que hacía las veces de despertares de bestias e insectos, pululantes y trabajadores, ante una propicia mañana, no sin antes de que Antonio se ataviara con sus botas de regar y su azada para pasar toda la mañana, a pesar de su edad, escardando salados, dejando impoluto su pequeño huerto heredado hacía años por su difunta esposa, en paz descanse, que con mucho esfuerzo no había podido darle ni hijas ni varón para ayudarle en los regadíos las noches frías propinándole empujones a la mula, que necesitaba más de un fuerte varazo de lo vieja que estaba y, a la que no podía dejarle su apellido, que se perderá como esas livianas gotas bajo el fulgurante alba.