¿Qué sabré yo?

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¿Qué sabré yo?

¿Qué sabré yo? Soy un puente, una llanura, un mechero, cualquier cosa. Aún así creo conveniente dar mi opinión. Tranquilos que el día que no tenga nada de decir, el aire que salga de mis pulmones solo servirá para continuar viviendo. Sumamos otro día que veo sangre (roja) en la pantalla. Cada día se promulga más. No importa de que índole animal sea, el color es el mismo. Ese rojo brillante, con matices oscuros, impacta, atrae los sentidos, dilata las pupilas, el morbo se dispara y se estampa contra la curiosidad, seduce a las demás moscas que quieren saber que ha sucedido, quién a muerto, cuántos, dónde. ¿Serán los yihadistas? ¿Violencia de genero? ¿Accidente de avión? ¿Tiroteo? ¿Accidente de coche? ¿Suicidio? ¿Genocidio? ¿Una bomba? ¿Un tren? Todo a la vez. Si buscas lo suficiente puedes encontrar noticias así todos los días, incluidos festivos. Y a mí, siempre me aborda la misma pregunta. ¿Qué sabré yo? Soy un político, un coche, una vaca. Y vuelve la rueda del dolor. Violencia incontenida. Unos se escudan con que la historia esta forjada por violencia. Otros simplemente dicen “la naturaleza es así”. Reconozco que no he visto los últimos documentales de la BBC, pero dudo que la sangre (roja) sea el tema principal. La fría crueldad de la naturaleza, no lo creo. Cruel no es matar para comer, cruel no es proteger instintivamente tu territorio porque crees que es tu único sustento, cruel no es el león, ni el tiburón. Ellos no obedecen una moralidad. Ni un pensamiento racional. Solo se guían por su instinto, que, nosotros, seres inteligentes (o no), hemos decidido usarlo solo por nuestro propio interés. A veces, es bueno decir que nuestra naturaleza animal la tenemos controlada, pero otras, la culpamos como si no formara parte de nuestro ser, como si fuera un ente que por unos instantes se apodera de nosotros, expiando nuestros pecados. Dado que el yerro se lo otorgamos al instinto, los malos sentimientos son liberados y entran en juego las motivaciones que, la gran mayoría de ellas, se ven encaminadas hacia el dinero. Imperecedero será el baño de sangre (roja) mientras la moneda, calderilla, numerario, siga dirigiendo nuestras motivaciones. Ese es verdadero color de la sangre (roja). El dinero es poder; estoy de acuerdo. Un niño de diez años, en un salón recreativo, que lleva 20 euros en el bolsillo, puede invitar a sus amigos y sentirse poderoso. Estos instintivamente (ahora sí podemos usar esa palabra) se ven abocados a sus ordenes. Ellos ansían jugar. Las luces son tan atrayentes… Entonces el rey, que antes de ser súbditos eran amigos, les dispensa una moneda a cada uno. Gozan con ese preciado objeto, la dicha les acompaña, ahora son felices; gracias a su rey. Es un rey generoso. ¡Oh gracias mi rey! La felicidad se apaga a los pocos minutos. El rey, que no es tan rey, ni tan generoso, no tiene más oro pero quiere más diversión y pide que le devuelvan la moneda. Y se genera el caos. Entropía difícilmente ordenable. Entonces, el instinto más feroz toma el control y vuelve la sangre (roja), pero, ¿Qué sabré yo? Soy una escoba, una verdad, una nebulosa.