El día que realizamos una pirueta de techo atrapada

Me gritaste y me bloqueé. Mi conducción era suave, siempre pongo los intermitentes, guardo la distancia de seguridad y “ponte el cinturón”. El grito me hizo frenar. Un leve, sutil, suave, pero brusco, abrupto, repentino toque con el pie. El suelo estaba cubierto de una manta de escarcha y realizamos una pirueta de techo atrapada, pasando por una torsión y acabando con un bucle picado. Nuestra puntuación no fue muy alta, pero nos conformamos con no causar ningún accidente y quedarse en un susto. Qué a gusto nos reímos.

Volvimos a casa pensado en la estupidez de la vida, lo fácil y difícil que es todo, que se esfuma en muy pocos segundo, que qué más da. En llegar a casa todas esas reflexiones y sentimientos se pudrieron de golpe. Sería por el calor, quién sabe.

Ahora conduzco solo. Ya no me río. Paso por esa carretera y paro el coche exactamente en el mismo lugar en busca de ese momento. Me llevo palomitas, por suerte, el pase me espera. Nos veo a cámara lenta girar, cómo tu pelo se agita lentamente, me puedo desplazar por la imagen y hacer zoom a los ojos, las pupilas. Profundizo un poco más y veo llegar la sangre a los músculos; al corazón. La respiración se hipersonoriza, se siente el miedo. Entonces, el coche se para, nos miramos las caras y justo cuando vamos a reírnos se apagan las luces y aparecen los créditos.

Aquí es donde echo de menos tu risa.