¡Pato ardiente!

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¡Pato ardiente!

– ¡Qué arda! – Gritó el lobo a su horda de pingüinos.

El pato estaba atado a una estaca. La estaca tenía dos letras en la parte superior. La Z y la J. En realidad no tenían mucho sentido. Lo escribió uno de los pingüinos en un arrebato de liderazgo y el lobo supo valorar su acción.

– ¡Pato ardiente! – Gritaron al unísono todos lo pingüinos. Lo habían ensayado.

El lobo se acercó al pato lo suficiente como para sentir su aliento. Esperaba notar su miedo. Absorber su aliento horrorizado. Éste se limitó a eructarle en la cara. Eso lo desconcertó y enfureció.  Golpeó la estaca. No quería dañarlo. Prefería que ardiera sin ninguna magulladura.

– ¡No hay remedio con él!¡Pato ardiente! – Gritó con los ojos llorosos a la congregación de pingüinos que se golpeaban unos con otros para mantener el equilibrio.

– ¡Pato ardiente! – Gritaron orgullosos al ver que el lobo había repetido la frase que tanto habían ensayado.

Dejaron una estaca ardiendo al lado del pato y esperaron que ardiera. El fuego, purificador, fue lentamente subiendo por la pata derecha causando un dolor inexplicable que hizo que el pato gritara. Su voz no resonó por ningún sitio. Los pingüinos siguieron gritando su frase ajenos a la situación. El pato ardió de pies a cabeza y con terribles dolores y gritos, murió. El lobo sintió un placer que le recorrió todo el cuerpo. De ese placer surgió un huevo. Un huevo de pato.