Paco el Galguero

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Paco el Galguero

Cerca del Arrollo del Mocho aposentaba, y con cierta altanería, Paco el Galguero. Su remoquete no tenía duda, pues la crianza de ese bello animal era su vida. Hijo de un muletero, había heredado su látigo de vara larga con el que azuzaba a sus bestias cuando gustaba. Enfundado en su carré de seda, camisa abierta, efectuaba su oficio de chalán cuando el gentío quería adquirir “el mejol galgo”, decía alardeando con deleite.

Un día de temprana soleada, como era de entender en Andalucía, Paco el Galguero andaba trajinando fuera de su cortijo, cuando por el camino pudo dilucidar como una caterva de chiquillos abrían las puertas para liberar sus Palomas, que era como llamaba a todas sus galgas. Corrieron felices, lengua fuera, escapando de su castigo. Paco el Galguero maldijo y juró a viva voz “¡Premita un divé del sielo que sus coman los chusqueles!”, y ya no era tanto el castigo de correr detrás de sus Palomas, sino también de no sellar un negocio, puesto que el tratante era un compinche que también huyó lejos de Paco el Galguero y su látigo de vara larga.