Lebeche

Esperaba sentada la llegada del lebeche. Sabía que tarde o temprano dejaría de esperar, pero hoy no era ese día. Habían pasado cuarenta y dos lunas desde que su marido murió y ella seguía esperando ese viento para barrer la arena que dejaba. Vivía sola, y sola estaba. Las mañanas a la orilla del mar siempre son frías. Despejaba los pulmones. A su marido no le había funcionado; “El cáncer lo mató” había oído varias veces mientras hacía la compra. Ella no había nacido en ese pueblo. Le gustaba, a pesar de que nunca la habían aceptado. Le daba bastante igual. No era muy dada a la conversación, por eso imaginaba que la gente del pueblo no la aceptaba, aunque no era el caso. Los pueblos pequeños no aceptan a cualquiera. El lebeche sí.

Ningún vecino había despertado. Ya quedaban pocos. La ley de costas no permitía reformar la casa y algunos habían tenido que abandonar sus casas con el temor de que algún día despertaran con una bovedilla en la cabeza. Por suerte su casa estaba en perfecto estado. Su esmero con la limpieza parecía que el desgaste se ralentizara. A parte su marido había sido un “manitas” y, ante cualquier grieta que apareciera, rápidamente se enfundaba sus herramientas y adiós grieta. Ahora crecerán y darán los buenos días. O las buenas noches.

El viento comenzó a asomar y acarició su arrugada cara. Los estragos del tiempo no habían tenido piedad con su piel. Tantos años detrás de una cocina, aceite y grasa, aceleraron el proceso de envejecer. Mereció la pena. Había alimentado a la gran mayoría de niños del pueblo con sus guisos, “Un poco más de sal”. Procuraba no pasarse. Esas enormes ollas eran muy traicioneras. El director del colegio ya se lo advirtió y ella se esmeró en su labor. Cada miércoles pasaba por la cocina “para comprobar que no se pasara con la sal”, le guiñaba un ojo y le manoseaba un poco el culo. Ella tan sumisa y silenciosa nunca le contó nada a su marido. Él no lo hubiera aceptado. Otras épocas.

Empezaban a aparecer las tempranas arenas. Se levantó, cogió la escoba y empezó a barrer. No tenía intención de acabar antes, ni después. A cada empujón se formaba un revuelo que hacía las veces de limpieza física y mental. El mar callaba todos sus pesares y barrer todas las mañanas la arena los alejaba otro día más.