La Taza Llorona

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La Taza Llorona

Cuando despertó, la cama estaba totalmente empapada. Se había meado encima. No era algo común en ella. Solo le pasaba una vez al año.

Esa vez había sido como el resto de las anteriores. En el sueño se acercaba a la orilla de un río, se agachaba y meaba. Se quedaba muy a gusto. Luego aparecía La Taza Llorona e intentaba consolarla.

– ¿Por qué lloras? – Le decía mientras la cogía y se la ponía en las manos.

La Taza Llorona se callaba de golpe, la miraba fijamente a los ojos y comenzaba de nuevo con sus llantos.

– Cálmate. No voy ha hacerte daño. Dime que te pasa, lo mismo puedo ayudarte – Le decía dulcemente mientras se la acercaba a la cara.

Volvía a callarse. La miraba fijamente a los ojos… y de nuevo a llorar.

– Vamos, dime algo. Todo tiene solución.

– Esto, no. – Decía con tono neutro.

Entonces, La Taza Llorona se le escurría de las manos y se destrozaba contra el suelo.

Ya no lloraba.