Expiación

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Expiación

Anciano soy. Anciano muero. Sí, puedo afirmarlo. A los albores de mi vida puedo afirmarlo. Lo voy a decir. Yo… yo… ¡Maté!¡Miserables vidas!¡Negros insulsos! Pero sus ojos me suplicaban que no lo hiciera. ¡Malditas bestias! ¿Por qué siento arrepentimiento a las puertas vigiladas por Cancerbero?¿El infierno es lo que me espera? No. Me niego a aceptarlo. A Dios tengo por testigo. La ley me lo permitía. Y Dios. Pero, ¿por qué este pesar? Crimen y castigo. Memeces. No he cometido ningún crimen. Lo malo son los ojos. Esas infinitas miradas de cada uno de ellos. De piel diferente. De inteligencia clarísimamente inferior. Tienen el juicio de un bisonte. Hombres, niños y mujeres. Era de látigo fácil. No tolero la falta de autoridad. Los arrojaba al Mississippi. El mar los purificaba. El algodón era lo primero. Y la putas. ¿Dónde quedaron aquellas cerdas? No, ya no lo son. Ahora son ángeles de Dios. Como yo. Entonces, ¿por qué me parece olfatear ese perro de tres cabezas y sentir las llamas del infierno?¿Realmente son como los blancos?¡No!¡Sucias ratas! Me reúno con mis hermanos. Y con mi padre. El yugo. Que admirable persona. Justo. No levantaba el látigo a la ligera. Incluso los negros lo admiraban. Ahora tengo miedo. Como nunca he sentido. Un último trago de whiskey a la salud de esos ojos. Y de la putas. Me reúno con mi creador, blanco, puro y bondadoso que me juzgara y expiará mis pecados. Justo, muy justo. ¡Malditos ojos! ¡Dejad de mirarme!¡Dejad de…