El día que las estrellas simplemente no vinieron

Siempre te gustó el riesgo, decías que las montañas rusas son atracciones controladas, que como se revisan sus mecanismos constantemente, no había un peligro muy elevado y eso le quitaba su encanto. Tú preferías improvisar. “¡Salta!”, me gritabas. No siempre lo hacía. Convencerme era otro de tus riesgos favoritos, y yo, que dudaba de todo, me limitaba a pensar en el resultado final de esas pesadillas aventuras para autoconvencerme.

Ese día dijiste, “Sé dónde está el lugar perfecto para follar ver las estrellas, ¡vamos!”, “No creo que podamos verlas hoy, mira como está el cielo”, dije, pero ibas demasiado encendida, nerviosa, ida y te importó una mierda. Me agarraste del brazo tan fuerte que aún llevo la marca. Clavaste duro. Nos alejamos de la ciudad, del pueblo, del campo, del mundo y llegamos. Dios, era horrible y olía fatal. Eso pensé; eso dije. Por culpa de esos gramos de más, no te gustó oirlo. Me pegaste y corriste mientras te quitabas la ropa. Yo no supe qué hacer, ahora tampoco sabría, y te esperé sentado en una montaña de mierda piedra. El tiempo solo hizo que darme la razón. Las estrellas simplemente no vinieron. Tú sí, y tu ropa también.

No he vuelto a encontrar el lugar. Reconozco que intenté volver solo una vez más, pero no supe ubicarlo. Es posible que ni siquiera exista y fuera parte de tu propio éxtasis provocado por los componentes alcaloides o el matarratas.

Aquí es donde echo de menos tus mamadas.