El viajero estático

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El viajero estático

Atesoraba los recuerdos como esmeraldas preciosas y perfectas. Se enzarzaba en conversaciones de lo más variopintas con completos desconocidos y disparaba las imágenes que emulaba de sus años pasados.

– … El agua del mar estaba muy fresca, ¿sabes? Aún así nos lanzábamos juntos y reíamos, ya lo creo que reíamos…

– ¿Cómo? – Sorprendido el hombre que estaba sentado a su lado en el metro, dejó su lectura y lo miró interrogando con una amable sonrisa.

– … Era muy cristalina… Y fue la primera vez que toqué un pecho. ¡Qué suavidad! Más incluso que la piel de una manzana… Se le marcaban perfectamente… Su camiseta era blanca… Sí, blanca…

– Lo siento, pero no consigo entenderle… – Y muy comedido él, abrió su libro y siguió leyendo.

No continúo con su historia. Se lo guardó para él y sus viajes. Sus recuerdos era lo único que le quedaba. Y la mochila que descansaba sobre sus pies.