El pez y la espada

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pez

El pez que ganó no era el más rápido. Tampoco era el más lento. Simplemente fue el más hábil. Creía que se podía alcanzar la victoria por muchos medios a parte de ser el más rápido, y así hizo. No vamos a entrar en detalles sobre como lo consiguió. En esta historia lo realmente importante es que ganó. Y que la espada estuvo con él en todo momento.

Era una espada vieja, forjada en la edad media por Hector. Iba a ser una gran espada pero no llegó a luchar en ninguna gran batalla. Fue robada por unos piratas que fueron atacados y su barco cayó.

No llevaba una larga barba como hacían las viejas monedas. No le gustaba ser como ellas. Había cosas más importantes de que preocuparse que dejarse la barba larga, como por ejemplo el mar, el barco que necesitaba unos arreglos, la arena que no paraba de entrar, y los peces.

Los peces le encantaban. Le divertían muchísimo cuando competían entre ellos. A ella le hubiera gustado ser un pez. Le hubiera gustado competir. Pero era una espada, y las espadas no pueden competir. La norma estaba bien clara. Aún así ella estaba allí animando a su amigo. O su compañero. O su conocido.

El pez ganó. Siempre había visto a la espada allí. Le importaba bien poco las espadas. Y mucho menos esa. Estaba oxidada y ni siquiera llevaba barba. Que asco. Él prefería las monedas. Ellas sí que tenían clase y estilo. Las monedas le habían contado el secreto para ganar. No era de la forma más correcta, pero funcionó. Y la maldita espada estaba allí. Como cada vez que competía. Menos mal que había ganado y ya no volvería a verla. Su premio iba a ser deshacerse de ella.

Y así hizo. El pez ganó y ordenó que la espada desapareciera. Y la espada desapareció. Fue enterrada y olvidada.  Las espadas no pueden competir.

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