erizo

El pasado. Piensa en él como un objeto; el más preciado que puedas tener. Ahora imagínate lanzándolo contra el suelo a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo.

Era una tarde cualquiera. El erizo estaba en la playa con su sombrilla y su hamaca. No le gustaba mucho el sol. Ese día prefería estar solo. Sus púas estaban más erizadas de lo normal. Los días así no le gustaba que le hablasen.

¿Iba a darse un baño? Quien sabe. Estaba disfrutando del viento, fresco, continuo y suave. Sus orejas estaban ocupadas con unos auriculares. Sonaba la banda sonora de Una Historia Verdadera. Oh, ¡Cómo le gustaba!

La echaba de menos. Maldita gaviota. Esta semana había sido dura. La gaviota apareció, estuvo con él, se lo pasaron muy bien. Fue intenso. El sexo era muy bueno. Pero era mejor dejarlo. O todo o nada, y ahora no era el mejor momento. Pero la echaba mucho de menos.

Una ola. La miraba fijamente hasta que llegaba a la orilla. Se preguntaba que complejo era el mundo. ¿Que podría merendar?

Era un día cualquiera, el viento, suave, rozaba su cara. Sus púas dejaban de estar erizadas. Volvía a estar en paz.

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