El chicle y el pañuelo

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Eran las 3 de la mañana. Un pañuelo volaba con la suave brisa en busca de algo para limpiar. La brisa era muy discreta. Apenas le daba conversación al pañuelo y éste ya estaba arto de buscar. Y del silencio. No conseguía deshacerse de esa maldita limpieza. Necesitaba algo con lo ensuciarse. La brisa no ayudaba mucho.

Un pañuelo vio a lo lejos, en el suelo, un chicle.

“¡No la soporto más!¡Yo me quedo aquí!”

Se paró al lado del chicle, dejando a la brisa que se marchara. Ni siquiera se despidió.

– ¿Nada? – Le dijo el chicle al pañuelo.
– Que va. Y mira la hora que es. Y la puta brisa no es que ayude mucho.
– Suerte la tuya que por lo menos te puedes mover. Mírame a mi que ya ni siquiera me puedo pegar a ningún zapato.

El pañuelo miró al chicle. Era verdad. Ya era un viejo chicle que seguramente quedaría allí pegado por siempre. Sintió lástima por él. Mucha. Quiso que volviera la brisa. El pañuelo ya no buscaba algo con lo que ensuciarse. Prefería moverse.

La brisa volvió y se llevó al pañuelo. No se despidió del chicle.

“¡Maldita brisa silenciosa!”