El árbol caído

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El árbol caído

No más cruel que una lagartija tragándose una mosca viva, que se asfixia dentro de su estómago y muere lentamente por el ácido de los jugos gástricos, era S.

Cada puñalada hacía que su respiración fuera calmándose. Las trincheras allá en Alemania despertaron el interés por la sangre. Acabó caminado entre los hombres, aunque empezó corriendo con las cabras. Sucio, descalzo. Fue abandonado y seguía solo. No tenía interés por la vida. Tan efímera, tan frágil. Ver como le estalla en la cara una granada a un hombre hace le pierdas valor.

Una última puñalada. Le había perdido el gusto. Ya había muerto hacía un rato. Dejó el puñal al lado del árbol que por falta de riego había muerto. Tan fugaz es la vida. Dejó el cuerpo con 12 puñaladas en el mismo árbol. No hacía falta moverlo. Estaba allí cuando llegó. Quería volver con las cabras.

No tenía que haber participado en la Gran Guerra. Lo encontraron vestido con trozos de piel de cabra cerca de un río. El primer pensamiento fue degollarlo, pero alguien gritó:

– ¡Pobre hombre!¡Se ha refugiado con las bestias y ha tenido que comer y beber como ellas!

Ese hombre lo llevó a su casa y lo alimentó como a su propio hijo. Sentía compasión por “esa criatura de Dios” y casi consiguió que se comportara como tal. S mató los dos perros que tenía su “padre” que, después de azotarlo hasta que sangrara, le decía que matar estaba mal. Menos en la guerra. Allí sí se puede.

S no veía hombres. Veía cabras. Todos corriendo para toparse unas con otras.

– Matar está mal… – Dijo

– ¡O matas!¡O mueres! – Le gritaron.

Mató. Descubrió que esa sangre era igual que la de las cabras. Ya no tenía compasión. Después de tres meses de batallas se acercó al árbol seco donde dormía un soldado y después de apuñalarlo sintió que ya no era su lugar. Corrió por el profundo bosque. Quería recuperar su vida con las cabras. Ellas tenían otros valores. No suplicaban por su vida. Se limitaban a fornicar y comer. S podría fornicar y comer.

Y matar.