El día que no quise estar parado mucho tiempo

El día que no quise estar parado mucho tiempo

Cerré los ojos y cuando los abrí apareció el silencio, profundo, estático, acompañado del lejano ventilador que difuminó la estela. No quise estar parado mucho tiempo, venía de lejos el dolor y, aún sabiendo que iba a tardar en llegar, preferí no esperarlo. Me levanté y me senté, tenía que pensar. Sé que hacía calor, el ventilador era un fiel delator, y sé que era por la tarde, naranja, expectante, de olores secos, nada que no se pueda solucionar con la noche.

Cierto que deseaba ese silencio; cierto que lo ansiaba. ¿Un cigarro? Sí, por favor. El humo volvía y mi cara lo apartaba dándole más dramatismo a la situación. Cierto que preferí quedarme; cierto que mis piernas no se fueron. Me hice el duro y no lloré. ¿Qué es eso de hacerse el duro?¿No llorar es más duro que llorar?¿Por qué tengo que hacerme el duro?¿Qué se consigue siendo más duro?

¡Por fin la noche! Llegó y no hice otra cosa que sentarme delante del teclado a escribir sandeces, varios arranques de ira, ni una pizca de empatía o comprensión y un poema. No he vuelto a escribir otro en mi vida y espero no hacerlo. Lo borré y no lo recuerdo, se difuminó, o mejor, se disolvió entre su propia basura existencial. Espero se me perdone por esto.

La noche profunda me recordó de nuevo que tenía que ser duro y no llorar. Eso hice. ¿Otro cigarro? Sí, gracias. Encendí todas las luces para luego apagarlas, abrí un par de cajones para luego cerrarlos, me cambié de ropa para luego desnudarme. Fin. Puse la película con la historia más aburrida jamás contada y recé para dormirme lo antes posible. No recé, me tomé un puto diazepam. Mano de santo.

Aquí es donde echo de menos tu presencia.