El día que estábamos tumbados en la cama

Nunca me dijiste cuál era tu libro favorito. Te pregunte varias veces pero tus respuestas ambiguas entorpecían cualquier tipo de comunicación. “No hay nada favorito. Hay que contextualizar. De niña, me gustó mucho El principito. Ahora me gustan los cuentos de El Aleph. ¿Cuál es mi favorito?¿Qué es algo favorito en realidad?¿Qué es la realidad?”. Tengo que reconocerte que me cansaba un poco. Por eso dejaba de insistir.

Los últimos cinco libros que te compraste ni siquiera los abriste. De hecho aún siguen aquí. Los he cambiado de lugar, me empezaba a molestar su impasibilidad, su falta de color, su estructura caótica, su situación casual; su complejidad. Pensé en hacer un fuego con ellos, en plan “cura existencial”, todo muy poético, pero ya prometí que nada de poesía. Los dejé en la estantería, los cinco juntos.

Estábamos tumbados en la cama. La luz, una lamparita. Tu voz.

¿Crees en la vida?
Claro.
¿Crees que la vida, “es”?
Si no, ¿qué hacemos en la cama?
No creo que sea tan sencillo.
¿Tú qué crees?
Creo que “soy” ahora, pero no se si “he sido” o “seré”.
Pero si estás viva ahora, significa que has estado viva, y que estarás viva maña… bueno, mañana seguro que también lo estarás.
No sé lo que he sido porque proyecto una imagen mía del pasado trasladándola al presente mientras intento recrear otra imagen de mí en el futuro.
No sé si termino de entenderlo.
Qué mi pasado y mi futuro son solo proyecciones. ¡Bah, olvídalo!
(Silencio)
Aún no me has dicho cual es tu libro favorito.
Bésame.

Aquí es donde echo de menos tu inteligencia.