El día que corrías pasillo adentro hasta el sofá

El pasillo me acompañó varias veces. Te gustaba echarme de mi propia casa, no sé si por pura dominación o por reacción involuntaria a tiempos pasados. No necesitabas empujarme o amenazarme, tu mirada y su tono despectivo me acompañaban por el pasillo, me abrían la puerta y cerraban con un portazo, como era de esperar. Yo no montaba espectáculos, prefería mantener el equilibrio comunitario con mis vecinos.

Pasaban minutos y a veces horas hasta que me abrías la puerta. Yo me subía a la terraza a fumar y tomar el sol o mirar las luces de la ciudad, según se prestase. De vez en cuando, o más bien, a intervalos cronometrados, bajaba y daba dos golpes flojos a la puerta. Toc, toc y luego silencio. La oreja se concentraba en un punto interior hasta que por fin te podía oír como andabas descalza por el pasillo, te parabas en la puerta. La mirilla.

Abre.
No.

Abrías la puerta y corrías pasillo adentro hasta el sofá. Te tapabas o te desnudabas, según se prestase, y tu mirada me invitaba a sentarme y abrazarte, y yo, como era de esperar no dudaba un segundo en hacerlo.

Aquí es donde echo de menos tus abrazos.