El día que cambió tu cara y tu compostura

Llevabas días rondando por tu cabeza la idea de adoptar un gato. Eran ideas que formaban bloques fijos, cargados de obsesión sobre cualquier cosa, disciplina o ente, que si no eran liberados, el conflicto llegaba a cotas inalcanzables. Caprichosa; y no es que me sintiera con la obligación de complacerte, tú sola conseguías resolver esos conflictos, lo que me jodía es que me hacías partícipe. Eso era lo peor.

Entró en nuestras vidas en otoño. Simone, tricolor, de rabo vedado, más cercana al bravío que al mansío, desconfiada y hambrienta. No le gustaba que la abrazaras. Lo sabías, lo sabía, lo sabía. Te enfadabas, me enfadaba, se enfadaba. Te emocionabas, me exacerbaba, se irritaba. La soltabas, me empujabas, se bufaba. Llorabas, me iba, se iba. La buscabas nada más llegar a casa hasta que dabas con ella y vuelta a empezar. Aguantaste un mes así, todos los días detrás ella, obligando. Te tenía que querer a toda costa, sin importar lo que ella quisiese. Pero ella fue libre y no estaba para tus cosas. Te diste cuenta de eso y cambió tu cara y tu compostura. La repudiaste, no sé si por desidia o por odio, pero nunca más volviste a buscarla por los rincones.

Sigue por aquí. Creo que a veces se va de picos pardos, suerte que está castrada. Dicen que los gatos son territoriales, no niego esas verdades, pero Simone nunca fue gato de dueño. Vuelve por la comida, supongo que como todos, pero se limita a mirarme, largo y tendido. Puedo sentir su pensamiento y su indiferencia, sobre todo su indiferencia.

Aquí es donde echo de menos tu obsesión.